Es agradable. Esto de conocer gente, digo. Compartes con ellos un trocito de tu vida, les das una porción de compañía y conoces a un montón de buenas y grandes personas, incluso dos o tres colegas.
Y al final acabas queriendo bastante a algunas. No puedes evitarlo. Yo no he podido evitarlo, porque hay un par de ellos que se han quedado conmigo hasta el final, hasta agotar el último segundo, hasta beberse cada gota de la luna llena.
Generalmente no conozco gente nueva asiduamente. No me gusta. No me dejo.
No es fácil que así sea, porque continuamente cambio de compañeros de clase, hago cursillos, salgo por ahí, y todo está lleno de gente. Pero aun así esa gente nunca me llama la atención. "¿Para qué molestarse en conocer a alguien si no lo vas a volver a ver en la vida?" o "¿Por qué si no te va a aportar nada útil?" son algunos de mis argumentos.
Pero todo cambió a principios de Julio, cuando empecé un intensivo de Inglés en el Centro de Lenguas Modernas. Mi nivel de inglés siempre ha avanzado muy rápido a pesar de no dar ningún tipo de clases para ello, pero quería que alguien me evaluara, me corrigiera y me dijera en qué debía centrarme para seguir progresando, así que, aunque tenía mis dudas, me apunté a un curso intensivo de inglés que ha durado todo Julio entero. Y no me arrepiento de nada salvo de que ya haya terminado.
En este tipo de situaciones no suelo intimar con la gente: me abstraigo, aprovecho el curso lo mejor que puedo, y me olvido de la gente a los 10 minutos de haber terminado. Pero esta vez fue diferente. No sé si por autoconvencimiento, o porque el variopinto grupo de la clase formábamos un conjunto enormemente carismático, pero no he podido evitar entregarme a ellos tanto como lo ha permitido un caluroso mes de verano.
Y la verdad es que no ha estado mal. Tantas experiencias y tanta gente tan distinta y tan diferentes que no podía salir mal del todo. Hoy (ayer) terminé el examen final y salimos a tomarnos unas cervezas profesora-y-alumnos. He vuelto ahora y aunque me muero de sueño me apetecía escribir esto para expresar lo mucho que me ha gustado mi vida este mes (otro día ya me tocará arrepentirme de lo escrito).
Mañana por la mañana tendrán que despertarme entre las dos chicas que vienen a visitarme. Me zarandearán hasta sacarme de este sueño que ha sido el mes de Julio para despertarme en la cruda realidad de un Agosto lleno de trabajo, prácticas y asignaturas pendientes.
Pero ya me despertaré luego. Esta víspera de Luna Llena, me gustaría darle las gracias en particular a esas dos personas, hasta hace poco completamente anónimas, que me han aguantado hasta el final y que se han ganado todo mi cariño. Mientras mi memoria lo soporte: Gracias.
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miércoles, 1 de agosto de 2012
martes, 7 de febrero de 2012
Mi canción huidiza
Publicado por
Unknown
a las
22:54
Es molesto, tengo una canción que suena justo detrás de mi tímpano. El sonido no es tan alto como para distinguirla, la vibración no es tan intensa como para sentirla, pero está ahí, insistente y eterna como el zumbido de una noche de verano.
Si no pienso en nada, casi puedo tararearla. Casi. Pero enseguida descubro que no puedo.
Me pongo a pensar en otras cosas, me distraigo, pero tarde o temprano sobreviene otro silencio y allí está mi canción, detrás de mi tímpano, incansable y paciente como el lento discurrir del agua.
Intento prestarle atención, pero entonces ella se me escapa, huidiza, como arena entre los dedos, dejando tras de sí esa sensación opresiva, como si nunca pudiera llenar del todo mis pulmones, como si algo me oprimiera el pecho hasta hundirlo en su desesperación.
Pensé que mi canción estaba intentando jugar conmigo al escondite, pensé que si la encontraba terminaría todo. Pero ya he escuchado todas las canciones que alguna vez escuché, y ahí sigue mi canción, detrás de mi tímpano.
Pensé que tarde o temprano desaparecería. A veces se va. A veces creo que me he librado por fin de ella para siempre. Pero al final vuelve, de la mano de un nuevo silencio, como si fuera una amante caprichosa.
Yo ya la espero, paciente. Y ella siempre vuelve, insistente y eterna, como el suspiro que precede a un beso nonato.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Tú pitarás
Publicado por
Unknown
a las
18:42
"Tu pitarás" le dije, hace unos días, a una buena amiga que insiste en llamarse Tenar. Pero a mí me gusta, de vez en cuando, referirme a ella como "la Vidente de Almas" porque, en sus buenos tiempos, parecía que le bastara con mirarte a los ojos para saber a ciencia cierta qué oscuros fantasmas recorrían tu corazón; y eso, para alguien como yo, que se miente a sí mismo durante más tiempo que horas pasa su corazón latiendo, era un don incomparable.
Me respondió con una risa divertida y una mirada de interrogación abierta. La otra persona con la que también estaba en aquel momento, Wungo (estoy convencido de que a él no necesito presentarlo) puso la interrogación de cierre con su cara de asombro.
Ninguno de los dos conocía el viejo cuento, y yo no estaba por contarlo, así que se lo dejé a deber. Con esta entrada, pago mi deuda y, en concepto de intereses, os la ofrezco a todos los demás junto con mi propia reflexión.
La historia cuenta cómo un hombre de pueblo se disponía a partir hacia la feria de la ciudad, montado sobre su mula. No todo el mundo tenía el tiempo o la capacidad necesarios para ir en persona a la feria, de modo que sus vecinos comenzaron a hacerle encargos diversos:
-Tráeme un bonito sombrero. -Solicitó una tía suya.
-Me gustaría mucho tener un espejo, el mío se rompió. -Pedía una prima segunda.
-Me harías un gran favor si me trajeras un par de zuecos. -Dijo un vecino.
-Una manta de colores.
-Un peine.
-Unas onzas de chocolate.
Y la lista aumentaba más y más, con gente más o menos cercana, que aprovechaba para obtener algo de la feria a costa del buen hombre.
En esto que se disponía ya a marchar sobre su mula cuando se le acercó su sobrino pequeño, puso un par de monedas en su mano y preguntó:
-¿Sería usted tan amable de traerme de la feria un pito?
A lo que el hombre sonrió, se inclinó sobre él, y le dijo al oído:
- Tu pitarás.
Y es que, a veces, lo importante no es que siempre se acuerden de ti cuando salen a hacer algo.
A veces, lo importante no es que sepan escuchar las razones o excusas que tengas que exponer.
A veces, lo importante no es que todo el mundo baile al son que tú marcas.
A veces, lo importante no es saber si hemos cambiado para bien o para mal (y lamento ser yo quien os saque de vuestro error, pero la gente, en efecto, cambia).
Hace un tiempo, mientras yo (y ojala hubiera sido sólo yo) pasaba una mala racha, le respondí a una vieja amiga:
«[...]maldigo el mundo en que decir, en dos palabras, "te quiero" suponga tal esfuerzo que no lo hagamos si no es necesario.
El mundo en que eso sea una norma, es un mundo que se muere.
Y si ese mundo es el tuyo, entonaré un réquiem en su memoria.»
El mundo en que eso sea una norma, es un mundo que se muere.
Y si ese mundo es el tuyo, entonaré un réquiem en su memoria.»
Palabras quizás demasiado duras, más aun teniendo en cuenta lo que una vez quise que ella fuera para mí, o tal vez lo sean justamente por eso.
En cualquier caso, no me retracto.
Los amigos y las relaciones son como un jardín y olvidamos con demasiada frecuencia que incluso el más bello de los jardines necesita cuidados continuos, y que aun aquellos que disponen de un sistema automático de riego, ofrecen un aspecto deplorable cuando pasan largo tiempo sin atención.
Es necesario mantener una cierta empatía hacia la gente que nos rodea, por mucho tiempo que lleven ahí, y saber demostrarles, cuando sea necesario (o mejor, siempre que podamos), lo mucho que aun valen para nosotros.
Pues a veces, lo importante, es saber dar todo lo que puedes de ti para obtener lo que quieres. Y en ese caso, si la suerte acompaña, tú pitarás.
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